El día en que las voces contuvieron el pulso del Estado

Grafiti en una fachada de local comercial y un señor sentado al lado

Foto: Camilo Torres - nivel central


Un 24 de febrero en el centro de Bogotá: memoria, protesta y una presencia distinta del Estado que vale la pena leer y comprender.
Justin Cats - nivel central

El sol de la tarde caía sobre Bogotá como una mano tibia alargada que invita a quedarse un poco más en las calles. No era una tarde cualquiera: era el 24 de febrero de 2026, un día marcado en la memoria colectiva como el Día Nacional Contra la Brutalidad Policial, una fecha llena de historias no contadas y de gritos que nunca alcanzan la punta del discurso oficial.

El centro de la ciudad se volvió un laboratorio de voces, de silencios compartidos y de pasos que, por una vez, no esquivaban los ojos de quienes observaban. Allí, en las intersecciones donde la memoria se encuentra con la ira, se desplazaban mucho más que cuerpos: circulaban relatos, ecos de otras jornadas, y la presencia activa —aunque discreta— de quienes venían a acompañar la protesta desde la perspectiva de los derechos humanos.

Las y los gestores de la Secretaría de Gobierno, aparecieron como sombras cálidas entre la multitud: chaquetas blancas, rostros con actitud de colaboración, cuadernos que se abrían con notas que pocos verían. No eran seguridad. No eran policía. Eran otra forma de presencia en un terreno que por años ha sido histórico por el dolor y la lucha. Su conversación no era audible, pero sí palpable: pasos acompañados, miradas intercambiadas con madres que exigían justicia, y respuestas silenciosas a jóvenes que preguntaban sin palabras si alguien “allí” entendía de qué trataba ese reclamo.

No hubo grandes anuncios oficiales ni discursos preparados desde los altavoces del Estado difundidos para la prensa. Lo que hubo —y quizá eso sea lo más real que dejó la jornada— fue un cruce de experiencias: poblaciones históricamente heridas por hechos de violencia institucional caminando codo a codo con quienes desde la institucionalidad habían elegido estar, no para dirigir, sino para proteger el derecho a protestar.

Cada voz que se alzaba contra la brutalidad policial llevaba consigo un pasado que el país no olvida. Historias como las de manifestaciones pasadas, cuando las calles se encendieron por la muerte de personas a manos de fuerzas del orden, o los días en que Bogotá se volvió epicentro de indignación popular. Muchos regresaban aquí con la certeza de que una “jornada conmemorativa” era también un reclamo por el futuro, una exigencia de verdad, justicia y reparación integral para quienes han sido víctimas del abuso de autoridad.

En ese escenario, funcionarias y funcionarios de derechos humanos no caminaban delante ni detrás sino en la misma línea, ajustando la mirada para que no se perdieran detalles: cuando una madre sostenía la foto de su hijo desaparecido tras un operativo policial; cuando un colectivo zapateaba versos de memoria como si la ciudad pudiera quemar heridas solo con poesía.

No faltaron risas tensas ni piedras de memoria arrojadas al aire por voces que ignoran los discursos técnicos: la protesta se alimentaba de relatos que no están en los informes oficiales, de heridas que no alcanzan a salir en las gráficas, de una indignación que se multiplica sin necesitar permiso para ser legítima.

Y allí, entre consignas y aplausos, los acompañantes institucionales tomaban notas que nadie sabe si llegarán a informes, protocolos o cambios de política pública. Quizá ese sea el gesto más profundo: estar sin intentar imponer, mirar sin querer explicar, proteger sin suplantar. Era, al final, una forma nueva de presencia estatal y humana simultáneamente, tejida con hilos de escucha y responsabilidad, en un día que —a pesar de las décadas de lucha— insistía en hacerse sentir.

El 24 de febrero no fue solo una marcha: fue una marca puesta sobre la historia, una constelación de voces y pasos que ya no se pueden ignorar y que seguirá encontrando, más allá del centro de Bogotá, formas de hacerse oír. Y mientras el último rayo de sol se inclinaba hacia el occidente, la ciudad se quedó con algo que no se puede cuantificar, solo sentir: la certeza colectiva de que seguir exigiendo derechos —aunque no siempre se escriba en los libros oficiales— sigue transformando el espacio público con la fuerza que solo tiene la memoria viva.

 

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25/02/2026